Historia
Año 1997 - Artículo Periodístico
La Capital, Rosario - domingo, 17 de agosto de 1997 - Páginas 10 y 11

CRONICAS SANTAFESINAS. UNA RECORRIDA POR MAXIMO PAZ, DONDE TODO PASA EN CAMARA LENTA

La paz de un pueblo que añora el pasado
En su zona estaba el fortín "India muerta", línea fronteriza para contener a los indios. Ahora, los adultos trabajan el campo y los chicos estudian en Rosario.

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Textos y fotos de Jorge Liporace
Las estrellas no alcanzan para dar luz a la noche. Hace frío y el auto avanza; la voz de Zitarrosa canta "Stefanie" y abriga desde los parlantes. Las primeras luces de Máximo Paz se acercan suaves desde la oscuridad total del campo. Giro a la derecha y lo primero que se veo es un cartel de fondo blanco que dice en letras rojas: "Vendedor ambulante. Antes de efectuar ventas debe presentarse en la comuna local. La comisión".
Un poco más adelante, protegida por una casilla de ladrillos, una estatuilla de la Virgen resplandece, blanca y pura, gracias a una apropiada iluminación cenital. Un nuevo cartel sugiere no poner flores en las manos de la Virgen. El camino asfaltado señala el rumbo y se sumerge en la quietud del pueblo.
El alumbrado público orienta y en un par de cuadras el primer vistazo de la población está completo. El pueblo es de lo más tranquilo. Hay dos pubs que se preparan para el trabajo, en "Oxigeno" y "Meyba 2. El retorno" acomodan las cervezas en la heladera y ajustan el nivel de la música; hoy es viernes. Pasada la medianoche actuará la banda local La Gasolera en el galpón de la Sociedad Española; sus músicos esperan la hora de subir al escenario comiendo un asadito en una casa rural a las afueras del pueblo. El sueño llega y el cronista pone pause hasta que salga el sol.

Nada es como antes
La sucursal de panadería "La familia", que está frente a la plaza, es un buen lugar para empezar, sus facturas de hojaldre tientan y Guillermo, el hombre que atiende, es amable y ayuda al cronista a descubrir ritmos y personajes. Caminar por el borde de la plaza y meterse en algún barrio, hablar con los paceños, esa es la idea. Un Falcon familiar pasa ofreciendo desde sus altavoces buzos y bombachas a buen precio. ¿Se habrá presentado en la comuna? Una señora barre la vereda y se toma todo el tiempo del universo; las baldosas casi brillan. En los árboles cuelgan viejas latas de herbicidas que los vecinos usan para colocar sus bolsas de residuos, las calles están limpias. Dos vecinas toman mate y saludan, un sulki está estacionado frente a la óptica "Alesso", dos niños con gorros de lana negro esperan a que su padre llegue. Un par de bicicletas con pedales sin engrasar y algunas pirinchas que se dicen cosas de fresno a fresno; eso es todo. Las cosas marchan suaves en Máximo Paz.
Algunos vecinos que hablan con el cronista cuentan sus cuitas y reconocen que en el pueblo hay poco que contar, dicen que las cosas ya no son como antes y tardan en contestar cuando la pregunta se refiere a personales o historias
para rastrear. "Los jóvenes se van todos para Rosario a estudiar, ya nadie quiere trabajar en el campo. Nosotros mismos vamos para allá a hacer las compras, los precios son mucho más baratos que acá", dice una vecina.
En el bar "Ki Ku", seis parroquianos que pasan los 60 hablan de los pro y los contra de fumar, la charla se enciende y los argumentos se deslizan sorbidos de café de por medio. Un escudo de Boca Juniors deja bien claro la preferencia futbolística del establecimiento y un anciano de bufanda marrón, gorra azul de corderoy y palillo en la boca pide un cortado y un anís.
La charla sobre el cigarrillo continúa. "El que fumaba, pero fumaba, era mi suegro, el viejo Toscanini. El hombre gastaba dos fósforos por día, uno a la mañana y el otro después de comer. Todo lo demás era un cigarrillo tras otro", dice un parroquiano. Para no quedarse corto, otro le retruca que él fuma desde hace 60 años y "acá estoy vivito y coleando". Por la vereda pasa, como en cámara lenta, una niñita que pedalea sobre una bicicleta y al mismo tiempo infla un globo rojo. Su paso por la ventana del bar regala ternura en un sábado a la mañana, es una conspiración de belleza. Los parroquianos ya no hablan de nicotina y cáncer de pulmón, ahora hablan de los músicos paceños y del significado de la palabra tenor.

Una de indios
La vuelta del perro es el próximo paso del cronista. Rodeando la plaza pasan el Club Social y Deportivo que está lleno de hombres que miran en dos televisores cómo River sale campeón; junto al club la Comisión de Fomento y el Juzgado de Paz. En la esquina, la tienda "La Fama" y el Banco Provincial, la iglesia, que es humilde comparada con otras, un supermercadito y un pub.
El señor Palena es escribano y paceño, se encarga de la cultura del pueblo y sus relatos entusiasman al cronista. Por ellos se entera de que no muy lejos de Máximo Paz pasaba la línea de los fortines, esas fortificaciones que el hombre blanco construyó el siglo pasado para protegerse de los indios y que está tan bien reflejada en la literatura gauchesca. El fortín de "India muerta" fue el que correspondió a la zona del pueblo, que estaba habitada, entre otros grupos, por indios ranqueles. Los relatos del fortín de "India muerta" se suceden y tienen el peso de una historia triste y difusa. El escribano es apasionado y sabe cosas que no entran en una conversación que continuará otro día.
A una cuadra de la plaza hay una hilera de eucaliptos gigantes, quizás centenarios, que rodean a la estación de ferrocarril y protegen al pueblo del viento, el sonido de sus hojas recuerda el rumor de los arroyos. Pasando los últimos árboles parten los caminos de tierra que se meten en el corazón del campo. A pocas leguas hay gente que pone en marcha sus tractores y comienza a arar, otros dan de comer a sus cerdos o arreglan tranqueras rebeldes. Gente de campo, tranquila y sacrificada. Hombres y mujeres que, cuando llegue la noche, volverán al sereno refugio de su pueblo.

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Todo es tranquilidad en Máximo Paz. Arboles añosos, calles y aceras pulcras y gente que pasea serenamente son una constante.

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La tienda "La Fama", la más antigua del pueblo.

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La bicicleta siempre es útil en los pueblos.
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