SANTA TERESA
Fecunda madre celestial de los sembrados,
como impronta de paz tú te levantas;
y en la fiesta cereal de las cosechas
el horinzonte de tu vida canta
al reventar el fruto que te da la espera.
Naciste en medio de la pampa gaucha
que con el tiempo se pobló de gringos,
y el milagro alquimista de las razas,
dando el rumbo inicial de tu designio,
concibió tu conciencia agropecuaria.
Nada quiebra la quietud de tus jornadas,
ni humeante chimenea laboriosa,
ni ululante sirena en la mañana,
sólo el canto del tractor arando
cuando escribes un mensaje de esperanza
con letras de semilla en tus entrañas.
Es el signo fatal de tu destino
arar la tierra y producir riquezas;
y en la lucha centenaria y aguerrida
vas buscando un horizonte de grandeza.
Ese horizonte que soñó tu gente
en la alborada que te diera vida.
No detengas tu pulso laborioso
con la proa enfilada hacia el progreso,
creciendo en la nobleza de tu gente,
en la belleza, manifiesta en tus mujeres,
y en esa sana juventud enjundiosa
que es la mejor cosecha que te dio la vida.
Y en la marcha tenaz y promisoria
nunca pierdas tu siesta provinciana,
ni el apretón de manos del amigo,
ni el mate familiar bajo la parra,
ni el saludo cordial, sencillo y franco,
ni el gesto solidario en la desgracia.
Que siga el sol iluminando tus sembrados
en las jornadas fecundas del trabajo;
y que un coro de grillos trasnochados
velen tu sueño en noches argentadas.
Que el relincho salvaje de los potros
salude al día en cada madrugada
y que siga el gorrión volando libre
bajo el azul intenso de tu cielo.
Yo te quise evocar Santa Teresa
con el más genuino de mi pensamiento,
soltando al viento estos humildes versos
que me dicta de ti mi sentimiento.